Aclaremos bien los términos primero. El feminismo es el “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Dicho esto, las diferencias existentes en cuanto a derechos entre hombres y mujeres son cada vez más constantes como noticia en los medios de comunicación.

Sus detractores recurren al negacionismo, como así lo hicieron los defensores del nacismo a posteriori en cuanto al holocausto. El hecho es que esta desigualdad existe y persiste en la discriminación hacia la mujer en diversos ámbitos: brecha salarial, techo de cristal, acoso laboral, anillo de diamantes, precariedad, mirada parcial, falta de visibilidad, violencia de género. La mujer desde tiempos ha ocupa un lugar más orientado a lo privado y el hombre, a lo público. Su incorporación al mercado de trabajo ha traído consigo mayor libertad para nosotras, pero no se ha equiparado con los mismos derechos y condiciones de trabajo respecto de los hombres.

Punto de inflexión

La huelga feminista del 8 de marzo de 2018 tiene defensores y detractores, pero es que generalmente las mujeres disentimos entre nosotras mismas, en vez de formar una piña, como suele ocurrir en los hombres. Las mujeres ya estamos haciendo nuestra revolución. Los hombres la tienen pendiente, porque los tiempos han cambiado y ellos se han quedado en una masculinidad caduca. El silencio de muchos se convierte en cómplice del machismo y de esta desigualdad. El feminismo incomoda porque empodera a la mujer como persona activa, independiente, autónoma, movilizada y referente, en vez de permanecer en la pasiva comodidad del segundo plano. El machismo se ejercita no solo por hombres, sino también por mujeres, es una amenaza percibida del status quo. No en vano el modelo de familia ha cambiado y los nuevos roles de la mujer han “desencajado” la imagen que tenían los hombres de la población femenina y su forma de relacionarse con ella. Pero este es otro tema ahora mismo.

“No voy a aceptar más las cosas que no puedo cambiar. Voy a cambiar las cosas que no puedo aceptar” Angela Davis, filósofa y profesora

Conocidas actrices, con el movimiento #MeToo, y periodistas de relieve y de grandes medios de comunicación con #LasPeriodistasParamos, han sido propulsoras de una globalización del mensaje reinvindicativo, al que se han unido otros colectivos. El poder ha llegado a la mujer, pero más en la cúpula de algunos organismos o grandes empresas y se ha quedado por el camino en mandos intermedios y técnicas. El 8M del 2018 es una fecha para la unidad, pero sí es cierto que las autónomas y dueñas de pequeños negocios; las falsas autónomas, con casi ningún derecho y muchas obligaciones; las que trabajan en pymes y micropymes, las que tienen un contrato de media jornada y echan tres cuartos, sino el día entero; las freelance, etc. tienen difícil señalarse en círculos tan pequeños sin el soporte de las propias herramientas del sistema: el cumplimiento normativo desde las leyes hasta los reglamentos; las inspecciones de trabajo; multas y penalizaciones a incumplimientos e infracciones en calidad de discriminación; los libros de texto y sus contenidos anacrónicos; la paridad y la equidad como elementos correctores en múltiples ámbitos, etc. Muchas leyes y pocos útiles para ejecutar esas normativas. La mujer ocupa, en muchas ocasiones, trabajos sin garantías o sin regulación, y están más formadas, pero sufren más desempleo y brecha salarial. Mucho de todo esto pueden ser palabras de telediario en papel mojado, discursos banales en boca de la clase política, campañas virtuales en Twitter -necesarias, eso sí- pero sin la base realista del tejido empresarial español y su más del 95% de microempresas, muchas inmersas en una complaciente alegalidad.

El patriarcado se amolda en el feminismo

Partiendo de este panorama, la propia sociedad es machista y paternalista a través de sus instrumentos: zancadillas entre lobbies de mujeres para aplacar el talento y aupar la mediocridad de la menos meritoria; jueces que propugnan la misma manutención entre progenitores solo por el hecho de que la mujer trabaje -aunque gane la mitad o un tercio que el padre-; procesos judiciales que cuestionan a la víctima y hacen de su liberación del maltratador un calvario aún mayor; consejos de dirección de empresas con sueldos de directivas, rebajados para ellas como directivas; inferiores salarios para las mujeres porque no se las considera “cabeza de familia” -el 81,3% de hogares monoparentales está formados por madres e hijos: monomarentales-; despidos en empresas públicas del Estado y de comunidades autónomas y cúpulas de vistosidad feminista y de casposas formas de hacer masculinas. Los defectos se imitan del patriarcado.

“El feminismo no se basa en odiar al hombre, es luchar contra la absurda distinción entre géneros” Robert Webb, actor y escrito

Condescendencia en términos absolutos hacia la mujer en sus logros: “tú trabajas” igualando el valor del empleo, pero no los ingresos pecuniarios como si fuera un agradecimiento. Complicidad desde el sector masculino con hombres alojados en sus privilegios y en la escasa participación en la esfera privada.

Unidad inquebrantable e imparable

La mujer con conciencia de género se visibiliza y en personas machistas esto rechina, es decir, se teme. Este empoderamiento acojona y muchos hombres están desconcertados en estos nuevos roles, alejados de lo tradicional. La inclusión de la mujer toma fuerza y el hombre debe revolucionarse en su propia masculinidad, más igualitaria y menos competitiva. La opinión sobre las mujeres es, muchas veces, inflexible: o se es esto o lo contrario; o monja o puta; si participamos, somos egoístas y ambiciosas; si no lo hacemos, nos criticarán por todo lo contrario. El término medio no existe.

Dicho todo esto, no nos tiremos piedras en nuestro propio tejado al criticar el continente y no, el contenido. Hay que avanzar todas juntas, en unidad, cada una con sus herramientas y circunstancias, pero negarse a hacer algo es cavarnos nuestra propia tumba. Solo porque cobramos menos es suficiente motivo. Así que yo apoyo esto, la visibilización del feminismo y su estrategia. Las mujeres no vamos a parar. La igualdad de género no es una opción inalcanzable, es un derecho irrenunciable.